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«PREFERIRÍA NO HACERLO»

Por: José Ramón de Blas Javaloyas

El calor estival me induce sopor e ideas brumosas sobre lo que viene ocurriendo frente a los muros de la patria mía. El escenario cuyo telón se cerró en julio, que abrirá segundo acto a partir de septiembre, dejó un panorama de una nueva anormalidad preocupante. El contexto es, como en Bartleby, el escribiente, un momento de profunda transformación, en una deriva hacia un sistema cada vez más mecanizado e impersonal, como al que parece abocarse el ahora llamado servicio público de justicia.

Las diversas modificaciones consumadas o proyectadas generan dudas sobre la verdadera eficiencia de lo que refiere como mero servicio, y que constituye una de las tres bases del Estado de Derecho. No se trata únicamente de conjurar los riesgos de empobrecimiento en la independencia y en la calidad de la justicia, sino también de que no se efectúen reformas gatopardianas.

Eran eso de las cuatro cuando, entre la bruma somnolienta, se me apareció Bartleby, esa figura pálida, respetable, e irremediablemente desamparada. Bartleby es un símbolo del rechazo a un sistema vacío, que requiere adaptación sin cuestionamientos, de la ejecución de una tarea por rutina, y que conduce a la reflexión sobre la alienación y la resistencia pasiva.

Me vino entonces el reflejo del proyecto de Ley Orgánica para la Ampliación y Fortalecimiento de las Carreras Judicial y Fiscal, que prevé unas medidas que hacen cuestionar su mismo título, es decir, que amplíe y que fortalezca.

La reforma proyectada pretende un cambio de modelo en el acceso a la Judicatura y la Fiscalía, que busca -dice- garantizar la igualdad de oportunidades y «atraer talento» con independencia del origen económico o geográfico, con el fin de que el acceso se produzca exclusivamente por mérito y capacidad. Bajo este pretexto, en las pruebas de acceso «introduce un ejercicio práctico escrito, en sustitución de una de las pruebas orales existentes en la actualidad, y las anonimiza». No parece que el nuevo sistema traiga más igualdad de oportunidades a las que ya existen; y lo de «atraer talento», no se explica bien a qué talento se refiere, cuando éste debe ser el superar, tras el esfuerzo, la oposición, a la que, como prueba de mérito y capacidad, y mutatis mutandis, habría de sujetarse cualquier acceso al cargo, que no ha de soslayarse bajo un supuesto mandato de estabilización de jueces sustitutos y fiscales interinos, en el sentido que puso de relieve el informe del CGPJ al anteproyecto de ley.

Y, así, oníricamente, el juez, como Bartleby, permanece impasible, solo, indiferente al mundo, donde solo se busca el dato, y se orillan las condiciones del ars iudicandi; porque juzgar es una tarea artesana, que no puede replicar un algoritmo sin alma, ni resolverse con modelos preestablecidos. Necesita de conocimientos técnicos (que se adquieren con memorización y práctica, porque no se puede razonar sobre lo que se desconoce), tiempo de reflexión, mucho sentido común, e infraestructura en medios materiales y humanos, y, en definitiva, de inversión, que no gasto. Sobre esto habría que recordar el excelente estudio de Mora-Sanguinetti, que dio muchas claves sobre la verdadera eficiencia en Justicia.

De lo contrario, fácilmente se puede prever a Turkey, Nippers y Ginger Nut en las oficinas judiciales o servicios comunes de los tribunales de instancia: uno productivo por la mañana (hasta las 12h) y caótico por la tarde, otro permanentemente insatisfecho con problemas gástricos, y el último para el que toda la ley cabe en una cáscara de nuez.

En esta ensoñación de verano, el juez se convierte en una especie de Bartleby, con su rechazo silencioso, desplazado de ese entorno, con una inacción activa (I would prefer not to), ante la deshumanización del individuo que, como el Meursault de Camus, es indiferente con su madre, con su novia, con el proceso, con el sistema, con su vida… la apatía absoluta. La oficina se encuentra, con sus paredes y ventanas que dan a muros de ladrillo, encerrada en la claustrofobia existencial y profesional del sedicente servicio público. Bartleby ya no encaja en ese engranaje, y con su voluntad individual se niega a actuar y a justificarse a sí mismo, y por eso se alza en un grito silencioso contra esta alienación, con la que prefiere no participar y a la que resiste con su pasividad.

Así que la frase «preferiría no hacerlo» es un manifiesto para aquellos que se niegan a aceptar lo inaceptable.

José-Ramón de Blas

Sección Territorial Com. Valenciana.

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