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La carrera de un Juez de la primera mitad del Siglo XX, a través del libro de Honorio Feito, Iglesias Portal, el Juez que Condenó a José Antonio

Por: Manuel Eiriz García

En los últimos meses, después de un periodo de tiempo caracterizado por la abulia intelectual y el abstencionismo más absoluto desde el punto de vista de la actividad lectora, he recuperado de los estantes de mi más que modesta biblioteca algunos libros que dejaron en mi algo más que recuerdos vagos.  De entre ellos, me ha parecido que merecía una entrada de nuestro querido blog, un libro cuyo título resume perfectamente el hecho que ha hecho trascender la figura de su protagonista. Iglesias Portal, el Juez que condenó a José Antonio.  Honorio Feito. (2019, Actas).

En el convulso escenario de la Segunda República española, donde el sistema judicial se vio tensionado hasta límites insoportables, el magistrado Eduardo Iglesias Portal desempeñó un papel clave que hoy apenas ocupa una nota al pie en los libros de historia. Esta obra, escrita por el periodista Honorio Feito, recupera sin pretensiones hagiográficas su figura. Iglesias Portal, El Juez que condenó a José Antonio, es, más que la biografía de un hombre al que el destino, y por qué no reconocerlo, su compromiso ideológico, pusieron en disposición de dirigir un proceso a la postre histórico, polémico y en todo caso, corolario del dramático periodo en que estaba inmersa la nación española.

Conocido por haber presidido el tribunal que condenó a José Antonio Primo de Rivera en noviembre de 1936, este libro nos permite, incluso a pesar de ciertas imprecisiones puntuales de tipo técnico, aproximarnos a través de su protagonista, a toda una etapa de la historia judicial de España. Iglesias Portal participó en la instrucción o enjuiciamiento de procesos tan extraordinariamente relevantes e incluso populares -la historia negra y su literatura han obsesionado siempre al pueblo español, dando incluso origen a una categoría de romance, las coplas de ciego- como el crimen del Correo de Andalucía. Quien quiera saber más al respecto de este brutal asesinato múltiple, puede, amén de a las páginas de este libro, acudir a la abundantísima literatura escrita al respecto- vgr. 12 Grandes crímenes de la historia Judicial Española, de Martínez Calpe, o más allá del papel, a la imprescindible serie de Televisión Española, La Huella del Crimen, que adaptaba para la pequeña pantalla muchos de esos macabros acontecimientos que han centrado el interés de la opinión pública y publicada de su tiempo, y permanecido en la memoria colectiva.  

El Juez que condenó a Jose Antonio, es, pues, algo más que el relato de un hecho histórico aislado y de sus consecuencias en el devenir de las décadas centrales del siglo XX. El libro de Honorio Feito nos permite sorprendernos con aspectos llamativos de la carrera profesional de los jueces de la época de la restauración. Baste señalar que Iglesias Portal alternó esporádicamente las carreras judicial y fiscal, e incluso obtuvo una plaza como registrador de la propiedad para, sin solución de continuidad, quedar en excedencia en la misma, y permanecer en la localidad cordobesa en la que se había casado… como funcionario municipal. Llamará la atención del Juez de 2025 como incluso fue sometido a un procedimiento administrativo de carácter sancionador, nada menos que por no tener casa-habitación en Córdoba capital, durante el periodo en que se desempeñó como Magistrado de su Audiencia, produciéndose con ello efectos entonces indeseables, como que no se hiciesen señalamientos nada menos que los sábados, para permitir a este y otros dos jueces, desplazarse a sus domicilios personales en Aguilar de la Frontera. No obstante todo lo anterior, con la llegada de la Segunda República, Iglesias Portal, hombre de probadas convicciones ideológicas y afección al nuevo régimen, fue promovido a la categoría de Magistrado del Tribunal Supremo.

Posteriormente, Iglesias Portal actuó en el marco de los tribunales populares instaurados por el Frente Popular, en un modelo de justicia que mezclaba jurados ideologizados con magistrados leales a la legalidad republicana. A pesar de este entorno legal extremadamente viciado, su actuación —según muestra el autor— se mantuvo dentro de los márgenes procesales, hasta el límite de lo permitido por aquel contexto en el que la legalidad y la justicia como valor moral, convivían mal con la práctica diaria de la actividad enjuiciadora en el ámbito penal. Su caso representa uno de los ejemplos más complejos del ejercicio de la función jurisdiccional en situaciones de quiebra institucional.

Uno de los pasajes más impactantes del libro recoge cómo, tras dictarse su condena, José Antonio Primo de Rivera subió al estrado y abrazó al propio juez que acababa de notificar su sentencia, en la consideración de que Iglesias Portal no era para él un instrumento de odio.

Tras la Guerra Civil, Iglesias Portal fue depurado, se exilió en México, y no regresó a España hasta 1959, cuando se le concedió un indulto, avalado, paradójicamente, por la familia Primo de Rivera.

Iglesias Portal, el Juez que condenó a José Antonio es, en suma, una obra interesante para comprender, no ya los recovecos complejos de una personalidad humana, con sus grandezas y miserias, o el devenir de un juicio célebre, pues gran parte del intríngulis del opúsculo reside en todas esas páginas dedicadas a glosar la vida de un juez como tantos, que vivió un periodo demasiado lejano ya como para que lo podamos comprender.

Manuel Eiriz García

Magistrado