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El crimen de la calle Fuencarral como origen del true crime en España

Por: Javier Lapeña Azurmendi

El crimen de la calle Fuencarral como origen del true crime en España

El true crime se ha consolidado en los últimos años como uno de los géneros más seguidos por el público. Su éxito se explica, en buena medida, por el suspense propio de la narrativa criminal y, sobre todo, por el impacto que genera el hecho de estar basado en acontecimientos reales. Lejos de perder interés con el paso del tiempo, este tipo de relatos se ha consolidado como uno de los favoritos tanto entre lectores como entre aficionados a las series y los documentales. Lo que en otro tiempo quedaba limitado a las páginas de sucesos ha evolucionado hasta adquirir entidad propia, consolidándose como un auténtico género narrativo.

En España, el seguimiento de estos crímenes populares se remonta al conocido el “crimen de la calle Fuencarral” en 1888. Ese mismo año, mientras Jack el Destripador sembraba el terror en Londres, en Madrid la sociedad quedaba profundamente conmocionada tras el hallazgo del cadáver de doña Luciana Borcino. A partir de testimonios, declaraciones de implicados, vecinos, testigos y el trabajo de escritores y periodistas, este suceso se transformó en un caso de leyenda, dando lugar a crónicas, novelas y adaptaciones cinematográficas.

La madrugada del 2 de julio de 1888, un suceso estremeció a la ciudad de Madrid. Los vecinos del número 109 de la calle Fuencarral alertaron a las autoridades al percibir un intenso olor a petróleo y carne quemada, así como un denso humo que salía de los balcones del segundo piso izquierda. Al irrumpir en la vivienda tras derribar la puerta, el juez don Felipe Peña, acompañado por el portero y dos guardias, se encontró con una escena sobrecogedora: en una de las alcobas yacía el cuerpo sin vida de Luciana Borcino, viuda de Vázquez-Varela -conocida en el vecindario como la viuda de Varela-, tendido boca arriba sobre la cama, apuñalado y parcialmente calcinado, cubierto con trapos empapados en petróleo que habían sido previamente incendiados. En la cocina, inconsciente sobre el suelo, se hallaba su criada, doña Higinia Balaguer, junto a un perro que había sido narcotizado.

La víctima, natural de Vigo y asentada en Madrid desde hacía años, era una mujer acomodada y conocida por sus obras de caridad. La autopsia reveló que había recibido tres puñaladas, una de ellas mortal al alcanzar el corazón. Las primeras investigaciones descartaron el robo como móvil del crimen, que habría tenido lugar el día anterior, el 1 de julio.

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En el transcurso de las pesquisas, la policía detuvo a doña Higinia Balaguer, criada de doña Luciana, cuyas declaraciones resultaron pronto contradictorias. En un primer momento, señaló a un supuesto individuo llamado Miguel y, posteriormente, al hijo de la víctima, José Vázquez-Varela, apodado «el Pollo Varela», un sujeto de vida bohemia y conducta sospechosa. Sin embargo, se comprobó que, en el momento de los hechos, este se encontraba ingresado en la Cárcel Modelo por un delito de hurto, en concreto, por la sustracción de una capa. A pesar de ello, la criada mantuvo su acusación, asegurando haber actuado bajo amenazas y coacciones: según su versión, se habría visto obligada a comprar el petróleo, limpiar la sangre, quemar el cuerpo y cerrar la vivienda. Alegó además que, tras lo sucedido, la tensión le provocó un desmayo. Las inconsistencias de su relato despertaron pronto las sospechas de los investigadores, que comenzaron a centrar la atención en ella y en su entorno más cercano. En este contexto, surgió también el nombre de doña Dolores Ávila, amiga íntima de doña Higinia, cuya implicación la situó como presunta cómplice.

La brutalidad del crimen y las circunstancias que lo rodeaban provocaron un inmediato impacto mediático. La atención pública se centró entonces en dos posibles responsables: por un lado, el hijo de la víctima, perteneciente a la burguesía; por otro, la criada, de origen humilde. Esta dualidad no solo alimentó el interés por el caso, sino que puso de manifiesto una tensión social más profunda, trasladando el debate más allá de los hechos y convirtiéndolo en un reflejo de los prejuicios y divisiones de la sociedad de la época.

Los principales periódicos de aquel momento, como El País, La Iberia, El Liberal o La Vanguardia, entre muchos otros, dedicaron amplios espacios a cubrir el caso. Las incógnitas en torno a lo sucedido, unidas a las hipótesis contradictorias sobre la autoría, mantuvieron en vilo a la opinión pública durante meses. Este interés sostenido convirtió el crimen de la calle Fuencarral en un fenómeno informativo sin precedentes, incrementando notablemente la venta de ejemplares desde los días posteriores al asesinato hasta la ejecución de doña Higinia Balaguer en 1890. La enorme repercusión social del caso no solo alimentó el debate público, sino que también despertó la atención de figuras destacadas de la cultura, como Benito Pérez Galdós, quien, en plena madurez literaria, se sintió atraído por este suceso que acabaría dejando una profunda huella en el imaginario colectivo.

Este violento acontecimiento se inscribe con claridad en el contexto de una literatura de masas que gozaba de enorme popularidad en la época. El público lector estaba habituado tanto a seguir, en las páginas de los periódicos -a través de secciones como «Crónicas de sucesos», «Causas célebres» o «Crónicas de Tribunales»-, detalladas reconstrucciones de procesos judiciales, como a consumir relatos de carácter novelesco centrados en la exposición, análisis y resolución de crímenes. Casos como los de la calle Justa, el Huerto del Francés o el del capitán Sánchez, entre muchos otros, formaban parte de un imaginario colectivo que combinaba realidad y narración.

Paralelamente, proliferaban obras literarias que abordaban este tipo de historias, contribuyendo a consolidar el interés del público por el crimen como objeto de relato. Títulos como Crímenes célebres españoles (1859), El sacamantecas (1881) o El crimen de la calle Moncada (1886), entre otros muchos, evidencian la consolidación de un gusto por lo truculento y lo judicial que preparó el terreno para la recepción de casos como el de Fuencarral.

El impacto fue tal que incluso Benito Pérez Galdós se implicó directamente en el seguimiento del proceso judicial. Entre el 19 de julio de 1888 y el 30 de mayo del año siguiente, envió seis crónicas al periódico argentino La Prensa, en las que fue relatando con detalle el desarrollo del juicio e incorporando además sus propias impresiones, intuiciones y conclusiones. No en vano, el escritor asistió regularmente a las sesiones judiciales e incluso llegó a entrevistarse personalmente con la principal acusada, lo que otorga a sus textos un valor singular como testimonio directo de uno de los casos más célebres del siglo XIX en España.

En este contexto, el crimen de la calle Fuencarral puede considerarse uno de los antecedentes más tempranos de lo que hoy conocemos como true crime. La intensa cobertura periodística, el seguimiento público del proceso judicial, las múltiples y variadas hipótesis, así como la construcción de un relato que iba más allá de la mera información contribuyeron a transformar este suceso en un fenómeno mediático y cultural. Nuestra fascinación por el crimen no es nueva, sino que forma parte de una larga tradición en la que los hechos y su narración siempre han ido de la mano.

El crimen de la calle Fuencarral ayuda a comprender qué es realmente el true crime. Más allá de la reconstrucción de los hechos, este género nace de la necesidad de narrar, interpretar y dar sentido a sucesos reales que conmocionan a la sociedad. No se limita a narrar lo ocurrido, sino que lo convierte en relato, lo analiza y lo inserta en su contexto social y humano. Por ello, puede decirse que no es solo una forma de entretenimiento, sino también una forma de mirar la realidad: en ocasiones, incómoda, compleja y a menudo contradictoria. Casos como este muestran que el interés no está únicamente en el crimen en sí, sino en todo lo que lo rodea -las versiones, las sospechas, el juicio social y la construcción de la verdad-. Y es precisamente ahí donde este género encuentra su sentido: en transformar hechos reales en historias que seguimos intentando comprender.

Javier Lapeña Azurmendi


[1] Prensa ilustrada del siglo XIX.