Comparte
Author
apmnacional
Share
DIARIO DE UN@ JUEZ DE PUEBLO (II)
Por: María de las Nieves Rico Márquez
Pues nada aquí estamos nuevamente como quien no quiere la cosa, sentada frente al ordenador en una asfixiante tarde de verano, pensando sobre qué podía escribir, y recordé mi artículo del año pasado sobre anécdotas judiciales en el pueblo, pero que se puede hacer extensiva a anécdotas judiciales en general. He entendido que no sólo era conveniente, sino necesario, primero porque estoy con el “efecto frenazo” (parafraseando a mi compañera Celia Belhadj en su artículo de la semana pasada y cuya lectura recomiendo), sino también porque estamos en un momento tan convulso (qué gracioso que esto mismo lo dije el año pasado, desconociendo lo que se avecinaba), que se hace imprescindible algo ligero. Vaya por delante que siempre lo escribo con el máximo cariño y siempre con la intención de arrancar una sonrisa, que falta nos hace.
Me remonto a mis inicios en Utrera y un clásico es que las personas que llegan a la sala de vistas no saben dónde sentarse. Recuerdo un día que un señor entró en la sala de vistas para celebrar lo que era un juicio de faltas (amenazas o injurias era), en el que comparecía como denunciante e iba pertrechado con una carpeta azul, de esas clásicas de toda la vida, y esa carpeta abultaba. Eso ya era mala señal, porque eso iba acompañado normalmente de la frase “Señoría que esto viene de antiguo…” y de ahí que fuera con toda esa documentación acreditativa de esta circunstancia. Pues bien, el señor ni corto ni perezoso se sentó en estrados, a mi derecha. Amablemente le indiqué que ahí no podía estar, que sólo podían los/as Letrados/as. El señor contrariado se sentó en la mesa contigua, que estaba en la misma línea, pero a distinta altura, reservada para los/as Auxilios judiciales. Nuevamente, le informé que ahí tampoco podía estar, que tenía que sentarse en el primer banco de la derecha. Claro el denunciante mostró su absoluta disconformidad “¡es que así no tengo sitio donde poner todos los papeles que había traído¡”.
La implantación de los Tribunales de Instancia no sólo trae quebraderos de cabeza, sino también ciertos momentos de gloria. Efectivamente, en el edificio donde estoy ubicada ha habido una reorganización de la plantilla y despachos. Tan es así que un Letrado de los que habitualmente acuden a la jurisdicción social ha confeccionado un plano, del que me dió el oportuno traslado, y se lo agradezco porque ha sido muy útil, pero ahora ir al Noga es como entrar en cualquier edificio que visitas en tus viajes, que junto con la entrada (en este caso la citación judicial) va acompañado el oportuno plano. Bueno no sé si un edificio turístico o más bien un scape room. Es por eso que he decidido renombrar al edificio y llamarle “El quién sabe dónde” (esto evidentemente no lo entenderán los/as más jóvenes).
El cansancio hace mella en todos y los nervios de algunos/as profesionales en sala también. Hace pocas semanas, en un juicio, un Letrado constantemente me decía “señorita..” “con la venia de su señorita…”, y cuando se daba cuenta rectificaba. Al pobre lo ví tan apurado que de forma espontánea me salió decirle (también para relajar esa tensión que padecía”): “Señor Letrado hace unos años esa forma de dirigirse hacia mí me parecería una ofensa, pero he de reconocer que ahora me hace hasta ilusión..” (.. lo peor de todo es que es verdad).
También se han vivido grandes momentos en el Registro Civil, que, hasta hace poco, era dirigido por Magistrados/as. Para empezar el dress code para las bodas era inexistente, pues te veías a parejas elegantes, hasta otras que parecía que se casaban en la Catedral de Sevilla, sin olvidar que también había quienes iban en vaqueros y sin prácticamente acompañantes. Para eso, nuestro compañero David Candilejo Blanco, me cuenta que cuando terminó de celebrar una boda, un señor mayor se le acercó con un fajo de billetes y le preguntó que cuánto se debía, que él lo pagaba todo porque era el padrino. Evidentemente, la respuesta fue que no se pagaba nada. También me cuenta que una señora no estaba conforme con que su hijo se casara “por lo civil”, por lo que, ni corta ni perezosa, cuando David iba a leer los artículos del Código civil, dijo “ellos se habrán casado por lo civil, pero yo soy la suegra y aquí se va a rezar”. David le dijo que no se podía, y ella dijo que se rezaba. Creo que ya sabéis cómo acabó la historia… Se rezó un Padrenuestro, todo ello bajo la mirada, entre atónita y enfadada, de la novia. Otra historia que me cuenta David es que, precisamente en un juicio de faltas, un joven comenzó hablando muy alto hasta el punto de que el Ministerio Fiscal le hizó la señal con las manos de que bajara el tono, pero el muchacho lo malinterpretó y se arrodilló para continuar su exposición.
Para terminar, también nuestro compañero Salvador Sánchez-Gey González me ha hecho su aportación. Para poner la situación en su debido contexto hemos de recordar que era habitual, en esos juicios de faltas (ya veis que daban mucho juego), que se dictaran sentencias “in voce”, cuando alguna parte no comparecía, o había perdón del ofendido o en situaciones similares. Pero, he ahí que nuestro querido Salvador, en sus primeras actuaciones como Juez dictaba estas sentencias orales de forma habitual, hasta que un día lo hizo en un juicio en el que había “contradicción”, en concreto en un juicio de amenazas entre vecinas. La sentencia fue absolutoria. La denunciante sorprendida con el resultado manifestó ¿Pero esto qué es? Nuestro Juez le explicó que ya había dictado sentencia, pero que en cuanto que la recibiera en su domicilio podría recurrirla. La señora, que no estaba conforme, le reiteró “¿pero cómo va a ser? Que me amenaza, que un día me va a matar, ¿qué pasa si me mata?” Salvador intentaba tranquilizarla, y tratando de explicarle otra vez lo que podía hacer, pero ella no estaba conforme. Ya finalmente perdió la paciencia y le dijo: “Mire señora si la mata lo denuncia usted, porque eso es denunciable”. La señora se calló y se marchó sin nada más que añadir ante tal afirmación. Evidentemente, el Secretario Judicial (ahora LAJ), que estaban en sala, le dijo “Salvador ¿te has dado cuenta de lo que le has dicho?”, “Claro, que denuncie”- respondió. La reacción no se hizo esperar “¡Pero cómo va a denunciar si la matan¡ ¿con una guija?”.
Y así de este modo termino este artículo, ante todo agradeciendo la generosidad de David y Salvador por compartir sus anécdotas y sin los cuales este artículo no habría sido posible, y a vosotros/as, lectores/as, os deseo que descanséis y disfrutéis de vuestras vacaciones como queráis (solos/as, acompañados/as, viajando, en casa).



