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LA VIDA CIRCULAR
Por: Carmen Romero Cervero
Mayo 2025
De unos años a esta parte vivimos en un sobresalto constante en lo que reformas legislativas se refiere, noticias de tribunales, comunicados de tal o cual político, comunicados de Asociaciones de Jueces y Asociaciones de Fiscales y lo que es una constante es el ataque frontal, infundado y reiterado de la clase política hacia los Jueces siempre que lo que resuelvan no sea de su agrado; las críticas se dispararon exponencialmente desde que importamos el anglicismo lawfare, como si el hecho de usar esa palabra no significara lo que todos sabemos que significa pero que los que echan mano de ella no se atreven a pronunciar.
Sea como fuere, en una semana como la presente podría dedicar estas líneas a reflexionar sobre el futuro de los jueces sustitutitos y su mal llamada “estabilización porque es lo que nos pide Europa”, también podría reflexionar sobre recientes aforamientos alcanzados in extremis, la disertación también podría dedicarse a las últimas filtraciones de alguien que dice “hacer lo que tiene que hacer como periodista” tratando de conseguir “material” para desacreditar a la UCO,…. pero me van a permitir que, con estos calores que han llegado de golpe, me dedique a reflexionar sobre cosas más de andar por casa.
Hace unos días fui a comprar un regalo para un amigo; me decanté por una obra de un artesano del lugar donde vivo desde hace más de veintitrés años, es un artesano del barro, hace unas piezas muy interesantes; una de ellas, la que elegí para el regalo al que me vengo refiriendo, es un jarrón que, literalmente, es un círculo y cuyo título es “la vida circular” y este es un concepto muy interesante porque pocas cosas hay más circulares que la vida. Como dijo el gran Morante en una ocasión, las dos cosas más importantes de la vida las hacemos solos: nacer y morir.
Sobre el nacimiento y la muerte, en la Sala 055B del Museo del Prado hay una tabla de considerables dimensiones (151×61), cuyo título es Las Edades y la Muerte, su autor es Hans Galdung Grien que, como consta en la propia página web de nuestra gran pinacoteca, pertenecía una familia de abogados y profesores universitarios; en la obra vemos, en su lazo izquierdo, una joven que trata de cubrir sus partes pudendas con un velo el cual es sujetado por una anciana, dando la sensación de que está tirando de él y cuyo brazo derecho se apoya en el hombro derecho de la joven; a su vez, el brazo izquierdo de la anciana está sujeto por una figura esquelética, que sujeta en su mano derecha un reloj de arena y en su mano izquierda una lanza partida en varios trozos, cuya punta descansa en la parte inferior derecha del cuadro, sobre la que reposa la mano de un bebé que está aparentemente dormido, aunque algunos autores piensan que está muerto. La escena se completa con un árbol seco, que trata de enmarcar a los personajes, cerrando la composición por la parte izquierda superior y con un pequeño crucifijo que sale del astro sol, colocado en el extremo superior derecho de la obra; por último, abajo, a la izquierda, nos encontramos con una lechuza, símbolo de la sabiduría. Al fondo y de una manera casi difusa, podemos ver la laguna Estigia y a un probable Caronte, que agarra del pelo a otro personaje, invitándole a cruzar hacia el otro lado de aquella, esta vez Caronte no lleva barca y anda sobre las aguas, tras las cuales podemos imaginar las llamaradas del infierno.
En ese cuadro tenemos todas las edades del ser humano: tenemos al recién nacido, que duerme en la parte baja del cuadro; tenemos a una joven que luce en parte su lozanía, de cuya mejilla derecha brota una lágrima; junto a ella, una anciana con cabello blanco y los pechos caídos, a la que una figura esquelética, representando la muerte, sujeta por el brazo, mientras observa un reloj de arena representando el inexorable paso del tiempo.
Uniendo este cuadro con el jarrón al que antes me refería y que llevaba por nombre “vida circular”, una llega a la conclusión de que lo que empezamos haciendo de pequeños, lo terminamos haciendo de ancianos; cambiamos la sillita de paseo del niño que aún no sabe andar, por la silla de ruedas del anciano que es incapaz de dar un paso por sí solo; cambiamos el tacatá de alegres colores para que el niño aprenda a caminar por el andador en el que se apoya el anciano que ve como sus piernas flojean; cambiamos el pañal del bebé por el de la incontinencia del adulto; cambiamos la guarde de los niños por el centro de día de los abuelos; reciclamos los primeros puzles de nuestros hijos para que ahora nuestros padres estén neurológicamente estimulados; el trenecito en el que iban de excursión nuestros hijos por las ciudades, ahora es utilizado también por sus abuelos para pasar una mañana entretenidos.
Cuando una observa detenidamente las semejanzas de las cosas que hacen los niños y las que ahora hacen muchos mayores, llega a la conclusión de que, durante un tiempo, emiten en la misma frecuencia, de ahí la relación tan especial que tienen muchos nietos con sus abuelos, el ritmo que llevan los niños se asemeja, en muchas ocasiones, al de los ancianos, por eso estos no necesitan tener paciencia para que su nieto les cuente con pelos y señales como ha arrancado las alas a una mosca que ha cazado en el parque y no necesitan paciencia porque van los dos, el nieto y el abuelo, al mismo paso, sin la prisa que nos atenaza a los que ya no somos niños y aún no hemos llegado a ser ancianos.
Y al final, como decía Morante, nacemos y morimos solos y la vida es eso que pasa mientras algunos se buscan un aforamiento, otros estabilizan jueces sustitutos, otras buscan pruebas contra la UCO y en esta vida, en palabras del Santo, “a cada uno por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16).



